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‘Europa también habla manchego’
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‘Europa también habla manchego’

sábado 09 de mayo de 2026, 22:13h

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El concepto de Europa va más allá de lo burocrático; se manifiesta en la vida cotidiana y el bienestar de las comunidades locales. Defiende valores como la cooperación, la igualdad territorial y los derechos humanos. La política debe centrarse en mejorar la vida de las personas, especialmente en pueblos pequeños.

Hay palabras que a veces corren el riesgo de desgastarse de tanto pronunciarlas. Y ‘Europa’ puede ser una de ellas.

Aparece en discursos, en titulares, en debates internacionales, en campañas electorales y documentos oficiales. Se invoca constantemente. Pero la pregunta es muy sencilla: ¿qué significa Europa en la vida real de la gente?

Y creo que ahí está la clave. Porque Europa será útil o no será. Será cercana o dejará de ser comprendida. Será humana o acabará convertida en una simple estructura burocrática incapaz de emocionar y defender a nadie.

Por eso, probablemente, quienes vivimos y trabajamos desde el municipalismo tenemos una forma muy concreta de entender Europa. Mucho menos grandilocuente y mucho más pegada a esa tierra (que, como escribió Lorca, tiene ‘la voluntad de dar sus frutos para todos…’.

Nosotros y nosotras sabemos que Europa no empieza en Bruselas. Sino cuando un pueblo pequeño consigue mantener abierta su escuela. Cuando una persona mayor puede ser atendida dignamente sin abandonar su municipio. Cuando una red de agua deja de perder miles de litros. Cuando un ayuntamiento instala placas solares para reducir costes y ganar autonomía. Cuando una comarca encuentra oportunidades en el turismo sostenible. O cuando la juventud puede formarse y trabajar sin tener que marcharse.

Ahí empieza Europa. Y eso conviene recordarlo precisamente ahora, en un momento histórico en el que el mundo parece avanzar peligrosamente hacia el ruido, la confrontación y la lógica del ‘sálvese quien pueda’.

Vivimos tiempos extraños, donde algunos líderes políticos vuelven a hablar el lenguaje de los bloques, de los muros, de la superioridad de unos sobre otros, de la política entendida como espectáculo permanente del conflicto.

Y frente a eso, Europa representa —o debería seguir representando— exactamente lo contrario: La idea de que cooperar es más inteligente que imponerse. De que los derechos humanos no son negociables. De que el bienestar colectivo importa más que el egoísmo individual. De que la democracia se fortalece reduciendo desigualdades y no alimentándolas.

Europa no nació para competir en odio con nadie. Lo hizo después de una devastación inimaginable. Cuando un continente entero entendió que el horror no podía volver a repetirse.

Y quizá por eso Europa tiene una obligación moral especialmente importante en este tiempo: defender la convivencia, el multilateralismo, la paz y la dignidad humana frente a quienes pretenden normalizar la intolerancia, el miedo y el enfrentamiento como forma de hacer política.

Pero cuidado: esos valores no se defienden sólo con declaraciones solemnes.

Se defienden gestionando. Se defienden garantizando servicios públicos. Se defienden combatiendo desigualdades. Se defienden asegurando que hay oportunidades en todos los territorios. Se defienden evitando que vivir en un pueblo sea sinónimo de quedarse atrás.

Y ahí es donde el municipalismo cobra toda su fuerza. Porque mientras algunos hablan de Europa en términos abstractos, quienes trabajamos desde las administraciones locales vemos cada día cómo Europa cambia realidades.

En la provincia de Albacete lo estamos comprobando. Hoy, la Diputación está gestionando y ejecutando más de 37 millones de euros vinculados a fondos europeos para desarrollo sostenible, digitalización, cohesión territorial, empleo, transición ecológica y bienestar social.

Y detrás de esa cifra hay cosas muy concretas. Hay mejora de abastecimientos de agua. Hay modernización de ayuntamientos. Hay comunidades energéticas. Hay planes contra la despoblación. Hay empleo. Hay servicios sociales. Hay movilidad sostenible. Hay espacios culturales y deportivos. Hay apoyo a municipios pequeños que, por sí solos, nunca podrían afrontar determinados proyectos.

Y esto también es importante decirlo: muchos de esos ayuntamientos no tendrían capacidad técnica ni económica para acceder a esas convocatorias sin el trabajo de acompañamiento que hacemos desde instituciones como la Diputación.

Porque de eso va también el municipalismo: de garantizar que ningún pueblo quede fuera sólo por ser pequeño.

A veces se habla de igualdad únicamente en términos individuales. Y, por supuesto, la igualdad entre personas es esencial. Pero hay otra igualdad imprescindible: la igualdad entre territorios. No puede haber ciudadanos de primera y de segunda en función del código postal. Y defender eso hoy es profundamente progresista.

Tan progresista como defender la educación pública. Tan progresista como defender la sanidad universal. Tan progresista como defender que una persona pueda desarrollar un proyecto de vida digno en el medio rural.

Por eso me preocupa profundamente cuando algunos intentan desacreditar todo lo que representa Europa desde discursos simplistas, nacionalismos excluyentes o populismos que convierten el malestar social en odio hacia el diferente.

Europa no es perfecta. Claro que no. Pero sigue siendo uno de los mayores espacios de libertad, derechos sociales, convivencia democrática y bienestar que ha conocido la humanidad. Y eso merece ser defendido.

No desde el conformismo ni la autocomplacencia. Sino desde la convicción de que todavía hay mucho por mejorar y mucho por proteger.

También desde las aulas. Por eso me parece especialmente esperanzador el trabajo que se viene haciendo desde programas como Agenda 2030 Escolar. Porque el futuro no se construye sólo con infraestructuras o inversiones. Se construye formando ciudadanía. Enseñando a convivir, a cuidar. Recordando que el planeta no es un recurso infinito; que la igualdad y la solidaridad no son debilidades, sino fortalezas democráticas.

Europa necesita, sobre todo, generaciones capaces de entender eso. Generaciones que no confundan el éxito con el individualismo salvaje. Que no vean la política como un espacio para destruir al adversario. Que comprendan que nadie se salva solo.

Y quizá, en el fondo, ese siga siendo el verdadero sentido de Europa. No un mercado. o una moneda. No una estructura administrativa. Sino una forma de entender el mundo. Una forma de recordar que la política sólo tiene sentido cuando sirve para mejorar la vida de las personas, especialmente, en los pueblos pequeños.

Porque sí: Europa, también habla manchego.

Santi Cabañero, presidente de la Diputación de Albacete.

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